¿Por qué no lo llamamos inversión?
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¿Por qué no lo llamamos inversión?

En estos días en que las compañías de teatro de nuestra comunidad andamos con ideas, números y proyectos para plasmarlos en una propuesta que incluir en la convocatoria de Ayudas a la Producción y Gira que convoca la Fundación Siglo para el Turismo y las Artes, no he podido evitar una reflexión que viene muy al caso.

Nunca me ha gustado, incluso hasta me molesta, la definición que le damos a este tipo de políticas. Se ha aceptado por todos, incluido el propio sector creativo y de producción, definir como “Ayudas” o “Subvención” (que palabra más horrible) los recursos públicos que se destinan a la cultura.

Subvención se entiende por cantidad de dinero que se recibe de un organismo público como ayuda para un fin determinado. Así visto, entendiendo que existe un “fin determinado”, se podría aceptar que la palabra no es tan horrible; pero parece que nadie se fía de los “fines” y menos de que estos sean “determinados” y como consecuencia la “palabrita” ha acabado teniendo unas connotaciones en extremo peyorativas: ¡Los subvencionaos! ¡Esos que viven del cuento!

Es verdad que a este tratamiento ayuda, y mucho, la poca consideración social que ha tenido y tiene en nuestro país la cultura y en especial nosotros, los “saltinbanquis y titiriteros”, palabras bellas que definen un oficio maravilloso pero que con frecuencia se utilizan como insulto.

En todo caso creo que ayudaría a generar una mejor consideración social sobre la cultura que utilizásemos definiciones más acordes con su realidad y dimensión.

La cultura es por encima de todo IDENTIDAD. Sin cultura no tenemos identidad, no somos reconocibles, no merecemos consideración. Una comunidad, un pueblo, una nación necesita ser identificado, reconocido por el resto de comunidades, de pueblos y naciones. Sin este reconocimiento no puede progresar y crecer. Sin esta identidad, sin tener una cultura propia y rica ¡NO EXISTE!

La cultura, en cuanto a su atractivo identitario, tiene, como muchas de las  actividades humanas, una dimensión económica, la identidad vende, nada hay más atractivo que una fuerte y rica identidad en este mundo de “entidades”.

Si aceptamos que esta es la realidad y dimensión de la cultura, si aceptamos que es tan trascendente para nuestra sostenibilidad y crecimiento deberíamos entonces definir de una manera más apropiada a los recursos públicos que le dedicamos. Digámoslo de una vez, no ayudamos a la cultura, no subvencionamos la cultura ¡INVERTIMOS EN CULTURA!

Esta es la definición de inversión pública: La inversión pública es la utilización del dinero recaudado en impuestos, por parte de las entidades del gobierno, para reinvertirlo en beneficios dirigidos a la población que atiende, representada en obras, infraestructura, servicios, desarrollo de proyectos productivos, incentivo en la creación y desarrollo de empresas, promoción de las actividades comerciales, generación de empleo, protección de derechos fundamentales, y mejoramiento de la calidad de vida en general.

¿Si la cultura nos aporta identidad y en consecuencia riqueza, si aporta beneficio a la población, servicios, desarrollo de proyectos creativos, incentivo en la creación e incluso desarrollo de empresas, actividad comercial, generación de empleo, protección de derechos fundamentales y mejoramiento de la calidad de vida en general por qué no dejamos de llamarlo subvención y lo llamamos inversión?

¿Por qué no, en lugar de programas de ayudas, lo llamamos programas de inversión?

Carlos Tapia

Presidente de Artesa

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