Esta crisis no va a acabar con el teatro, como no va a acabar con la literatura, las artes plásticas , la medicina, el comercio, la industria o la agricultura.
Que nadie se lleve a engaño: el teatro no está en juego, porque el teatro es inherente al ser humano, como lo es el amor, el odio, la belleza o la mezquindad.
Lo que está en juego es un modelo de teatro, exactamente en la misma medida que, como todos sabemos, está crisis ha puesto en juego un modelo de sociedad: la sociedad del bienestar. En estos últimos 30 años, por primera vez en la historia de este país, hemos sido, de verdad, ciudadanos con derechos: derecho a la libertad y a la libre expresión, derecho a una educación digna, derecho a una atención sanitaria de calidad o el derecho a disfrutar de la cultura independientemente del lugar de residencia o de las posibilidades económicas de cada cual.
Los ciudadanos deben saber esto. Los profesionales de la cultura, de la comunicación, de la educación… tenemos el deber, la obligación de hacer llegar este mensaje al conjunto de la sociedad: el bienestar social, de ninguna manera es un privilegio, es un derecho irrenunciable, tanto para nosotros, hombres y mujeres del presente, como para los hombres y mujeres del futuro. Si creemos que no nos lo debemos a nosotros al menos tomemos conciencia de que se lo debemos a nuestros hijos.
Quienes nos gobiernan quieren hacernos creer que la cultura es un lujo que no nos podemos permitir, y tienen parte de razón: hay una cultura, lujosa, que no nos podemos permitir: enormes y carísimos contenedores culturales, macro eventos tan estériles como insaciables devorando recursos, apuestas millonarias por grandes artistas sin vinculación por nuestra tierra y cuyo anhelo mal disimulado es proyectarse desde lugares más visibles en el mapa, viajes fastuosos en los que no se repara en gastos…. Pero ¿Toda la cultura es igual? ¿Toda la cultura es un lujo que no nos podemos permitir? ¿Es un lujo que ciudadanos de pequeños municipios de nuestra comunidad puedan disfrutar de manifestaciones culturales modestas pero no por ello menos dignas que otras mucho más pretenciosas? ¿Es un lujo que un ciudadano de la periferia comunitaria, que paga sus impuestos igual que los que viven en los grandes centros urbanos, pueda llevar a sus hijos al teatro o a una biblioteca sin tener que desplazarse centenares de kilómetros? ¿Es un lujo para una comunidad potenciar la creatividad entre sus ciudadanos y alimentar industrias, modestas si, pero dinámicas y productivas? En fin … ¿Es un lujo ser castellano-leones y pretender vivir honesta y dignamente de la cultura?
Señoras y señores, la cultura de base, esa que alimentan las pequeñas empresas de la industria cultural de nuestra comunidad, nunca ha sido un lujo, nunca ha nadado en la abundancia económica, nunca ha consumido grandes partidas presupuestarias, nunca ha supuesto un gasto excesivo y desproporcionado para la administración pública. Hablemos claro: hemos sido la cenicienta del cuento. Nos hemos dejado la piel en la carretera, en los teatros mal equipados, en las campañas y giras mal organizadas, en los teatros sin gestión, en la gestión … de las migajas. A cambio de esto, como el personaje del cuento, hemos soportado la desconsideración, la indiferencia, la burla y hasta, me atrevo a decir, el desprecio, porque este cuento también tiene madrastra y hermanastras.
Es evidente que el modelo cultural que ahora está en peligro tenía grietas en su estructura y hasta es posible que serios problemas de cimentación, no se puede negar. Es cierto que necesita de una profunda reestructuración que lo haga mas eficaz. Es cierto que se ha pecado de inacción. Es cierto que el dinero público no se puede gestionar desde el “clientelismo”. Es cierto que la exigencia profesional y artística no debe ser una opción sino un dogma. Todo esto es tan cierto como que cada uno debe sujetar su vela: los que gestionan la de la gestión, los que crean la de creación, los que producen la de la producción y los que administran la de la administración, que bastante tenemos sujetando la nuestra para evitar que el barco se vaya a pique. Es por esto que me indigno cuando se intenta cargar la propia vela sobre las espaldas del otro. Pretender que los creadores o los productores son los responsables de una mala gestión o de una deficiente administración es propio de malos navegantes, de aquellos que no miran por el interés común, que no es otro que sacar al barco de la tormenta.
No es el momento de arrojarse a la cara las culpas sino de arrimar el hombro y trabajar unidos para no perder los derechos conseguidos con tanto esfuerzo, para poder seguir sintiéndonos orgullosos de tener los mejores teatros del Estado, para disfrutar de servicios culturales, para presumir del talento de nuestros artistas, para que en el mundo se nos reconozca como una realidad cultural viva y dinámica.
Últimamente, con frecuencia, me sorprendo a mi mismo mirando hacia el pasado, hacia esa larga trayectoria de 25 años en esta profesión. Sí, ya sé que con un futuro tan incierto no debería sorprenderme recurrir tan a menudo al pasado pero ¿que queréis? la nostalgia no es mi fuerte.
Miro hacia atrás y me veo rodeado de compañeros, de amigos de profesión junto a los que he caminado y con los que he llegado de la mano hasta la falda de esta enorme, infranqueable montaña que se interpone en nuestro camino, algunos, muy queridos, se quedaron atrás, otros, igual de queridos y más viejos, casi tanto como yo, continúan en la pelea. Al mirarles un sentimiento de orgullo me invade. En sus rostros, en su mirada, por encima de la determinación y del amor por su trabajo brilla, se adivina su principal virtud: la honestidad.
¡Que lo sepan todos, ciudadanos y políticos! ¡Este es un oficio de gente honesta!
Puede que no os guste lo que decimos pero estad seguros de que siempre os vamos a decir la verdad.
Carlos Tapia
Presidente de Artesa